Parece que López Obrador no quiere decidir sobre el aeropuerto. Sorprende en alguien cuyos seguidores justifican pasar por encima de todos porque traen de apoyo treinta millones de votos. Con ese soporte, decida lo que decida tendrá apoyo en cualquier sentido de la decisión. Por supuesto con algún costo del otro lado, porque cuando se decide al gobernar un país no hay manera de quedar bien con todos. AMLO anunció primero que iría por Santa Lucía, luego que iba a considerar Texcoco, luego manda a sus futuros secretarios de gabinete a hablar bien de Santa Lucía junto a unas personas que empuñaban machetes; y como corolario el Presidente electo difundió un video en el que habla mal de Texcoco y dice que analiza dárselo a la iniciativa privada, que para él se encarna en Carlos Slim. Es el miedo a decidir. Curiosamente y antes de su consulta, las encuestas ya marcan qué quiere la gente claramente. En un texto puntual, el encuestador Jorge Buendía (El Universal/9/10/18) menciona los resultados de las encuestas publicadas por Reforma, El Financiero, Consulta Mitofsky, Parametría, Buendía y Laredo, y en todas la decisión de los interrogados es a favor de Texcoco y continuar con la obra (además de que solamente tres de cada diez mexicanos participarían en la consulta propuesta). ¿Qué más quiere para decidir? Incluso puede decidir que sí y hacerla privada sin problema. Algo pasa al interior de ese equipo que no deciden y lo que deciden lo hacen mal.

Buen ejemplo de una mala decisión es lo que ha hecho en torno a su seguridad. Nombrar al “tortas” o como se llame el que le lleva la seguridad, y cuyo dato más rescatable es que tenía un restaurante, no sólo es una necedad sino una irresponsabilidad que ya le pasa costos. El equipo de seguridad de un presidente, formado por el Estado Mayor Presidencial, no se compone de “guaruras”, como piensan el Presidente electo y varios a su alrededor. Se trata de personal altamente capacitado a nivel internacional en diversas áreas: logística, defensa, paramédicos, inteligencia, entrenados para cualquier circunstancia, no se trata de compañeros de viaje o de “saca maloras”. Un buen equipo de esos le hubiese avisado al presidente o a su gente cercana que la boda de César Yáñez era lujosa, que había cientos de personas, vallas para contener a la gente, en fin hubiese tenido más elementos de decisión para no ser testigo de los excesos desbordados de uno de sus colaboradores.

Otro aspecto que a la mejor ya entendió es que el presidente si tiene necesidades de salud, por ejemplo, lo mejor es que sea trasladado con la seguridad y discreción debida a un hospital donde lo pueda atender el doctor que él quiera. La salud del presidente no solamente es cuestión de su interés, el interés en su salud es público. Que sea atendido como debe ser no implica que no se informe sobre su estado de salud. La especulación entorno a unas fotos que se le tomaron entrando a un hospital privado se pudo haber evitado sin problema alguno e informar sobre la revisión a la que se sometió. Eso le hubiera dado algo que no tienen todavía en ese grupo de trabajo, que es el gobierno de transición: orden y control en la comunicación. Un hombre público debe resguardar los escasos espacios de intimidad que puede tener.

También pueden imaginar el Presidente electo y su equipo qué hubiera pasado si de pronto tuviese una dolencia en una de sus giras, en algún lugar medio apartado de una ciudad. Su fobia a los helicópteros y los aviones le impediría abordarlos inmediatamente para trasladarse. O claro, se puede ir al aeropuerto local y esperar tres horas que resultan vitales en un problema serio de salud. Hay cosas que no son lujos, sino necesidades que permiten una adecuada prevención en el manejo de su imagen y su salud. Todo esto se puede hacer de manera austera. No todo se trata de aventarse sobre la langosta.

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