La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del pasado 16 de enero mide la percepción de los ciudadanos sobre el clima de seguridad/inseguridad. Lo de menos es que de septiembre a enero haya habido un aumento de 1.6 puntos en la percepción de seguridad, porque una vista general a la gráfica de la percepción social de 2013 (comienzo del sexenio de Peña Nieto) a diciembre de 2019 (primer año de López Obrador) arrojaría datos interesantes:

̶ En septiembre de 2013 la percepción de inseguridad fue de 68%.

̶ Bajó a 67.7%, el piso más bajo, en diciembre de 2015.

̶ Subió a 76.8%, el nivel más alto en ese periodo de siete años.

̶ Y dejó la percepción en 73.7% en diciembre de 2018.

̶ En el primer año de Gobierno del presidente López Obrador y con una nueva estrategia nacional de seguridad privada, la percepción pasó de 75.7% al terminar Peña Nieto a 71.3% en septiembre de 2019. Este dato revela que la sociedad percibió de manera positiva la estrategia.

̶ Sin embargo, en el cuarto trimestre de 2019 la percepción volvió a ser negativa y subió a 72.9%.

̶ En términos de promedio, el del sexenio de Peña en materia de percepción de inseguridad fue de 72.5%, en tanto que el promedio trimestral del primer año de López Obrador fue de 72.9%.

Estos datos tienen dos interpretaciones: o la inseguridad sigue golpeando las expectativas de la sociedad o el primer año de López Obrador logró evitar una mayor percepción negativa.

Cualquiera que sea la opinión que prevalezca, el caso es que el Gobierno de López Obrador ̶ como aparato de Estado– no ha sabido construir una narrativa histórica sobre la inseguridad, no ha podido explicar bien las razones del punto de inflexión y tampoco ha podido dar razones de casos extraordinarios de violencia criminal –la semana pasada en Chihuahua, Tamaulipas y Guerrero–, dejando que las notas en medios alimenten la crítica.

Los argumentos para refutar las agresivas preguntas de Jorge Ramos están ahí, pero el Presidente no se deja ayudar o sus colaboradores no saben cómo ayudarlo. Y no podrá hacerlo sin una política de comunicación social como parte de la estrategia.