La falta de oportunidades y el acceso a las drogas generan un contexto poco propicio para la transición de la niñez hacia la juventud, dice Jimena Cándano.

La reinserción es el proceso que debieran vivir las personas al estar en prisión, y más tarde, la posibilidad que tienen estas personas de volver a formar parte de una comunidad, sugiere que al salir de los centros de readaptación puedan aspirar no solo a regresar a su familia y a su núcleo comunitario sino también a contar con una oportunidad laboral y social en la que no se les discrimine y puedan desarrollar un proyecto de vida positivo.

Ideal y normativamente el proceso de la reinserción social ocurre cuando una persona ya ha sido juzgada conforme a las leyes penales y ha cumplido su sentencia ya sea privado o no de su libertad. Así el Estado debe proveer los elementos necesarios para prevenir la reincidencia del individuo, en tanto se le aseguran condiciones óptimas para que el regreso a su entorno lo impulse a llevar un modo honesto de vida construido, con base en una perspectiva de derechos humanos -porque se le debe garantizar que pueda desarrollar una vida digna-.

Tras el nacimiento del Estado comenzó la construcción de una cultura basada en el ideal de justicia y fraternidad obtenidas a través del intercambio de parte de nuestra libertad otorgada a los gobernantes para que ellos en su labor diaria garanticen nuestra seguridad y el derecho más importante que tenemos: la vida.

Es por esto que el cumplimiento de las normas es crucial, es parte del contrato que se firmó para la vida en sociedad ¿por qué hay quienes lo rompen? Esta pregunta es fundamental para entender la importancia de la prevención del delito y la reinserción social, en la medida en la que entendamos que no se trata de una decisión deliberada fomentada por “la maldad” o por factores biológicos inherentes que por facto indiquen que alguien va a delinquir, podremos comenzar a revertir las tasas de violencia y de delincuencia que tanto nos preocupan.

La violencia no debe ser entendida como un suceso aleatorio sino, como parte de una cultura de situaciones familiares, sociales, económicas y políticas envueltas dentro un sistema cultural que normaliza el conflicto

El fácil acceso a las drogas y la falta de oportunidades incuba un contexto poco propicio para la transición de la niñez hacia la juventud y a la vida adulta.

¿Por qué hablar de adolescentes? Es importante analizar la relación de la violencia con los jóvenes porque es una población que se encuentra formando su identidad, en la medida en la que descubren y asumen su autonomía; comienzan a tener capacidad de elección y con ella llega la etapa de maduración en la que el adolescente prueba diferentes modelos de pertenencia y comunidad, que pueden derivar, por su contexto en la normalización de la violencia y los actos delictivos como estilo de vida.

Las conductas de los adolescentes están influenciadas sobre todo por los mecanismos de socialización a los que tenga acceso, es decir, de su relación con con su familia, la educación escolar y los grupos sociales en los que se desenvuelve, se configurará su forma de vivir.

Entonces las conductas de los adolescentes dependen mucho de los entornos en los que se desarrollan, obedecen a distintas normas, reglas, valores y límites impuestos por su cultura, que serán aceptados o no en función de la sociedad que se encargue de valorarlo.s

Los jóvenes que se encuentran en conflictos con la ley a menudo pueden considerar ese momento como un impedimento para relacionarse con las personas, creen que su vida deja de ser normal. Sin embargo, esto no tiene que ser así si se cuenta con modelos de prevención y de reinserción construidos contemplando las perspectivas de actores políticos, empresas, sociedad civil y sobre todo las de los jóvenes quienes son los que se verán impactados por las políticas emergentes.

Nota del editor: Jimena Cándano estudió la licenciatura de Derecho en la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el grado de Maestría en Administración Pública, con enfoque en Desarrollo Comunitario y Transformación Social en la Universidad de Nueva York. Actualmente es la Directora Ejecutiva de la Fundación Reintegra que trabaja a favor de la justicia social, equidad de oportunidad y derechos para los jóvenes en conflicto con la ley. Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.